domingo 12 de abril de 2009
Búsqueda
Cuantas veces te busqué entre sombras, entre luces
Llegabas primavera, llegabas invierno
El sueño se desvanecía y volvía a nacer entre escombros
me engañaste con tus cantos negros y rojos maldita embustera
Todo se desploma nuevamente cuando casi puedo saborearte
Te busqué entre páginas marchitas de libros anaranjados
Tu corrías como escapa mi mujer, como escapa el destino
Como escapa la vida
Cómo escapa la vida...
Me encuentro entre sombras viajando
Paisajes olvidados, imágenes que no debieran recordarse
Mentirosa! Eras la belleza y el horror,
Eras lo que odiaba y lo que amaba
Mujer de alas desgastadas
De vientos nauseabundos en tormentas de azul
De árboles espléndidos
de hojas maltratadas
en la tierra traicionera
Eras todo hechicera y sin embargo corres
Escapas de mi tiempo y no te puedo ser útil
y en tus correrías esquivas no me puedes servir
Cuando apareces en la bocanada nocturna
Escapas...
...vuelas.
Mujer caprichosa, perversa, maldita
Mientras más sonrías
Mientras más te escondas
Mientras más me odies
Mientras más te odie
Más te seguiré buscando.
El Dipsómano
El instante es un tesoro sagrado
La tarde y el ensueño se pierden en tu mirada
La alegría eterna, fugaz del momento
La sangre, dulce niña, corre tan rápido
La lluvia y el sol no caben en tu espacio
Pero te marchas y yo también me marcho
Siento profundo en la carne tus besos, tu mirada
Cae lentamente la noche y ya no estás
Tu imagen y la pintura que inventaste se marchitan
Escucho cada pincelada enamorada caer como coloso al suelo
La máscara se rompe, y veo el muro como antes que llegaras
Como antes, como siempre, agrietado, lleno de costras
Al estar a tu lado el alma se elevaba
Ahora bailo solitario la canción de mi parodia
Tan libre soy, amiga mía, en medio de la noche
Que me despojo de quien eres, de quien soy
Desde la ironía a la sonrisa y luego a la carcajada
A los enamorados despiertos, sonámbulos, estúpidos
Blasfemo e increpo, ebrio de amor, desde mi habitación
El nacimiento del poeta
Porque el hombre ya murió
Nada quedará del muerto
Las estrellas y la luna lo dejaron
Los amigos el amor y el desamor
La esperanza inútil que sembraba
el océano de sueños
el vuelo al precipicio
Sólo quedarán palabras
El recuerdo negro en el papel
Las imágenes desvanecidas
Las fugaces canciones
Estas últimas las escribirá el poeta
Porque el hombre ya murió
lunes 21 de julio de 2008
Se desvanece en el aire
Soy la brisa
Soy la sonrisa
Soy la noche
Y me cobijo fuertemente entre tus brazos
Cuando las velas se sumergen en el mar
Y el pasado vuelve a perder su antiguo imperio
Soy la vida
Soy la embriaguez
Y la muerte que corrompe nuestras horas
Y el deseo que anhela fuertemente su pausa
El espanto que se aleja cuando cesa la tormenta
Y la calma que se encuentra en la amistad
Soy el abrazo
Soy la caricia
Soy el beso
Interceptando a la distancia las fauces de las bestias
Reteniendo los instantes que coronan la vida
A la vida
Sentir quiero de ti la estocada más profunda
Llanto, amor, desilusión, la muerte incluso
Son caricias pobres para estremecer mi corazón
¡Golpea más fuerte vida! que la sangre no basta
Aquí virgen te doy la otra mejilla intacta
Gotas de rocío agrio en la mirada del amigo
Besos que no lo son, besos que pretenden serlo
Tiempo, moldeas el baile de las máscaras
Hechicero de la carne casi muerta, casi viva
Que cuelga de su cuello en el tejado de estrellas
¡Golpea firme vida! La sangre ya no basta
Rodeada de escombros te obsequio el alma intacta
En un puñado de silencios mi resistencia rendida
De la ciudad en llamas las cenizas consumidas
De la alegría mis lamentos, de la agonía mis sonrisas
Los colores, los espacios, los cerros, los ríos grises...
Todos pobres, tristemente, tendidos allá arriba
Como sacos negros todos ellos
Colgados de su cuello del tejado de estrellas
domingo 20 de julio de 2008
Pinceladas al Ocaso (descripción de un cuadro)

El tiempo pasaba lentamente al olvido y las últimas bocanadas de la pipa que el amante había dejado a un lado aún dibujaban sus bailes ancestrales por entre los libros y las paredes. Una mujer estaba a su lado; él la parecía acariciar con su vista, besarla con cada mirada.
Ella gesticulaba con sus brazos divinos, conjurando hechizos olvidados del país de las hadas. La tarde ardía creando sombras y desentrañando las almas de aquella habitación.
Los otros, que acompañaron mudos desde las paredes durante tantos años, miraron entonces hacia otro lado, dejaron la seriedad y sonrieron posando para pintor.
Cuando la música alegre se detuvo, ella paró de hablar, sus rubios rizos teñidos por los pinceles del creador ayudaban a dibujar su rostro, coloreaban cada una de sus forzadas sonrisas y jugueteaban con las últimas lágrimas que había dejado caer.
Juntaron sus bocas y sus manos esa tarde, sería la última vez. El pintor jugaba con los colores, conocía el final y el principio de los contornos, retocó cada uno de los objetos muchas veces para darles formas excepcionales, trató de reproducir la gran magia entre los dos amantes. Pintó solo el primer beso, la primera copa de vino y los últimos destellos de ironía. Debió partir para darle el lugar a la azulada artista de los corazones desnudos que aparecía en el firmamento nuevamente mientras el otro marchaba con una pintura incompleta.
jueves 10 de julio de 2008
El sueño de la sombra En aquellos tiempos la candidez en las palabras abrían nuevos senderos a las almas de los hombres; los cuadros divinos adornados con besos verbales; el delirante retorno a los lagos que parecieron verdad, y a los ríos y a los charcos de sangre, sangre adorable; sangre real, como la vida y la muerte.
Los demonios derrumbaban los edificios de los hombres de arcilla, las piedras solitarias rodando por las calles, carcomidas por la tiranía del mundo. Paisaje triste que apuñala con su melancolía a sombras adoloridas que en otro momento fueron luz. Nada había en ese entonces más que bosques azules iluminados por la silenciosa luna, quien, como con dulzura, sonreía ante los cuadros nocturnos que pintaba desde su lejanía.
Esos trozos alados de carne encontrarán su destino en lo insondable, mas ahora permanecen presos. Las nubes clandestinas serán las cunas en que meserán sus transparentes contornos, pisarán tierra y no será dificil reconcer sus cantos, sus aromas, sus reales colores, ni sus inconclusas historias.
Las barquitas tambaleantes han recorrido ya demasiados mares , las palabras ya no dicen lo que deseaban decir. La duda ha sobrepasado todos los límites... los ríos sangrientos no son reconocidos por los ojos, nadie teme de verdad al filo del puñal en la espalda, los rincones permanecen desde ahora: ocultos.
El poder que encierra el conjuro ya no existe por si solo, el hombre ha decidido divertirse con él a su antojo, pero lamentablemente lo ha desaprovechado; unas copas de vino y todo se destruye al instante. Traición, podredumbre, todo negro, todo absolutamente ciego, el abismo glorioso del ojo perdido en la lejanía brilla por su ausencia y los que intentaron develar sus reinados pronto tocaron fondo y se agotaron, desplomándose penosamente, humanamente, en la tierra.
No había mentiras ni absolutos en mi sueño, no estaba presente la negación, la cruz ni el dolor. Solo eternidad, felicidad y plenitud. El cielo era una cuerda tambaleante, ni demasiado tensa ni muy suelta.
El aliento del dragón fue congelado al designar el mito, el terror (santo terror) murió con él ¿quien de nosotros será el director de esta sinfonía?¿Quien dejó salir a la vida y la muerte corriendo juntas de las manos? Ambas como fieras enjauladas, tan cercanas, una abrazando a la otra... sollozando sonrisas y entonando llantos; casi cuerdas, casi lunaticas... Ah! las conversaciones de cantinas entre viejos amigos: pérdidas. Los forasteros en los hospitales blancos que cubren los matices reales de la muerte; nacer y morir, un mismo templo... renacer a esta vida es tan arbitrario, tan absurdo, como la propia muerte.

El sueño
Un hombre nació de la noche, en una ciudad ardiente, sus vehiculos de cuatro ruedas aun se sentían cercanos. Nació frágil del beso nocturno. Su madre murió entonces, a las pocas horas y el hombre decidió enterrarla en la cima de la colina. Carcomió sus huesos y decidio que esa colina sería su Dios. Pasaron los siglos y el hombre siguió su camino circular, sin principio ni fin. Decidio trazar, sobre el infinito circulo, pasos discontinuos. Volvió unos años para poder beber de aquel licor que su madre le obsequiaba cuando la iba a visitar a la cima de la colina, se emborrachó y perdió el rumbo. El hombre trazó nuevos circulos. Y alabó a nuevas deidades.
Recorrió mares y ríos, bosques y montañas. Un buen día las nubes se le escaparon, por fin decidió no guiarse más por ellas. Lanzó la botella con licor lejos y a los pocos días nacieron hombres, mujeres y uvas...
El hombre tomó las uvas y las mujeres y bebio de ambas. Su paseo continuaba, fue en ese momento cuando los trazos circulares quedaron atrás. Emprendió el vuelo. Quizo elevarse tan alto como Icaro, él no tenía alas de cera, subiría más alto, apagaría con sus llantos el sol. Descansó sobre la luna y escuchó los sonidos de la nada. El canto ensordecedor del silencio. Entonces... pensó.
El hombre se hizo creador, se hizo Dios; pintó cuadros, escribió poemas y cantó... nacieron árboles, frutos, mujeres, alegrías inmensas y penas honorables. Se cansó de ser Dios, al poco tiempo, decidió que no era bueno para él.
Ya no recordaba la colina, ni la madre, ni los huesos carcomidos, ni los ríos o los bosques, la ciudad ardiente y mucho menos la candidez de las palabras del pasado. Bajó entonces del cosmos y volvio a ser hombre.
Nació nuevamente, al pie de la colina desconocida. Nació de una madre que ya había muerto hace tiempo y, luego, caminó otra vez...
Y en su viaje se encontró con un rostro amable, una mirada y un mar conocidos donde sumergir sus renovados destellos de vida.
Ella entonces abrio sus abismos, y el voló por sus rincones... ella observaba callada, comprendía su viaje. Tejieron juntos esa noche lluviosa una manta extrañamente hermosa, roja como el amor, y decidieron amarse.
Pasaron los años, las nubes y las estrellas. Siempre despertaba a su lado para tejer juntos y luego volver a desarmar la manta hasta el otro día.
Ella amaba las flores en primavera, él la lluvia de invierno. Ella odiaba el sonido de las máquinas a la lejanía, él odiaba todo lo que permanecía afuera.
Escucharon música en los corazones, tomaba tonalidades diversas, era oráculo que presagiaba lo que vendría en las noches, cuando las horas comenzaran a pasearse desnudas por los cabellos sudados. La música bailaba. Ella tambien.
El corazón y el alma
La futura noche y el recuerdo
Los besos inconclusos por el sueño
Las miradas esquivas
Las cortas lluvias de invierno
La apasionada primavera
Sus bailes al atardecer
Los panecillos al alba
La quietud de los cuadros
La perfección de los instantes
La melancolía de la noche anterior
Y la alegre espera por la siguiente
Durmió por años, por siglos, recostado en sus faldas, en los límites del mundo destruido; el universo daba vueltas y él permanecía recostado sin querer saberlo...
